Cartagena, un viaje a través del tiempo.

Luego de dos días y medio de ruta llegamos a Cartagena. No tardamos en querer recorrerla y atesorar sus historias.

Pronto nos dirigimos a la ciudad amurallada, caminamos por el Camellón de los Mártires y nos topamos con la gran muralla color ocre, así como detenida en el tiempo, con sus baluartes en cada esquina y su estampa de antaño que resalta sobre el colorido actual.

La muralla tiene más de diez kilómetros de largo. Fue construida en el siglo XVI con el fin de defender a la ciudad de Cartagena, importante puerto de América, de los piratas ingleses, franceses y holandeses que querían apoderarse del tesoro que los españoles habían tomado de los pueblos de América de aquel entonces.

La Torre del reloj anuncia la entrada a la ciudad. Atravesamos la muralla y lo primero que vemos es una gran plaza, hoy llamada Plaza de los Coches, engalanada con la escultura en honor a Pedro de Heredia, quién fundó Cartagena en 1533. De fondo, una construcción con típicas galerías coloniales, ocupadas por más de una docena de puestos de dulces y cocadas para todos los gustos. Nos asomamos a una de las puertas bajo la galería y descubrimos un bar típico, donde sonaba música al ritmo caribeño, que lo incitaba a uno a bailar.

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Sin embargo, en ese momento recordamos que la plaza, en la época de la colonia, era el mercado de negros. No pudimos evitar sumergirnos en el tiempo e imaginar esa situación, la cara de pena, indignación y sufrimiento de aquellas personas privadas de su libertad y de su propia vida. Mientras las mujeres de los ricos y apoderados elegían al “negrito más lindo” pidiendo a su marido que se los compre. Pues claro, cuando éstos por cuestiones de negocios se ausentaban de la casa por un tiempo, tenían que tener con que entretenerse. Así contaba con gracia un guía historiador.

Comenzamos a caminar por las angostas calles de la ciudad y no podíamos dejar de fascinarnos por las fachadas de las construcciones, los balcones de madera adornados de coloridas flores, las grandes puertas con sus curiosas y variadas aldabas (figuras de hierro, en su mayoría, en forma de animales que se utilizaban para tocar y anunciarse en la entrada de la casa), los faroles y hasta los muros de piedras coralinas, nos contaban historias y nos hablaban de aquella época de esplendor.

Muchas casonas hoy transformadas en restaurantes o tiendas de artesanías, monasterios en lujosos hoteles boutique, mantienen el toque colonial.

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A pocas cuadras de la entrada llegamos a la plaza de Santo Domingo. Allí se encuentra La Gorda, escultura donada por Botero, donde los turistas no paran de tomarse selfies con ella, un único árbol cuyo cantero sirve de puesto para los artesanos. También pequeños bares con decenas de mesas, donde uno puede tomar algo refrescante para combatir la temperatura del lugar al son de los músicos locales.

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Frente a ésta se encuentra la iglesia más antigua de la ciudad, la iglesia de Santo Domingo, construida a finales del siglo XVI.

Luego nos adentramos por la calle contigua a la Catedral de Santa Catalina, una escultura con un par de Marías Mulatas (aves típicas de la zona) nos da la bienvenida a la plaza de Bolívar. En ella uno se encuentra con el vendedor de limonadas, el lustrador de zapatos, el hombre que arma barquitos dentro de una botella y las morenas con vestidos llamativos vendiendo frutas frescas.

Cruzando la calle está el Palacio de la Inquisición. Éste funcionó desde 1610 hasta 1811 y desde 1815 hasta 1821. Existieron tres de ellos durante la colonia, uno en Perú, otro en México y el tercero en la ciudad de Cartagena.

La inquisición tuvo como objetivo juzgar a todas las personas que cometieran “delitos “contra la fe cristiana y nunca, pero nunca, reconoció inocentes.

El palacio contaba con cámaras de torturas y cárceles. Hoy convertido en museo, cuenta historias de aquella época, como, por ejemplo, la de muchas mujeres negras que eran consideradas brujas por utilizar su conocimiento ancestral y preparar alguna medicina con hierbas. Se las torturaba hasta que, sin más opción para terminar con ese sufrimiento, se declaraban culpables. Frente a esa declaración eran sentenciadas a muerte.

Del otro lado de la plaza se encuentra el Museo del Oro Zenú. Estábamos contentos de entrar allí por tres importantes motivos: aprenderíamos cosas nuevas, el ingreso era gratuito y había aire acondicionado, ufff… nos aliviaría el sofocante calor que sentíamos. El museo presenta una colección de oro y cerámica de las culturas que vivieron en Colombia durante el periodo prehispánico. Algo muy importante a destacar y que creemos hoy deberíamos tomar como ejemplo, es el conocimiento y el respeto que todas las culturas precolombinas, tenían sobre la naturaleza y el ambiente en que vivían. En lugar de querer transformarla, buscaban comprenderla, respetarla y adaptarse a ella para obtener el mejor provecho.

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Una lámina en el museo ejemplificaba muy bien esta situación. La misma contaba que hoy en día, muchas poblaciones asentadas cerca de las ciénagas, en épocas de lluvia, quedan bajo el agua por las fuertes inundaciones y no tienen herramientas para prevenir tal hecho. Sin embargo, en el tiempo de los Zenúes, estos construían inmensos canales en el terreno, drenando el agua hacia zonas más bajas, evitando así las inundaciones y aprovechando las fuentes de agua para los cultivos.

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Salimos del museo pensando en todo lo que vimos. Continuamos caminando algunas cuadras y nos sorprendieron las esculturas de acero envejecido que retratan los oficios tradicionales de la ciudad. Distribuidas por todo el paseo, se mezclan con los colores de las construcciones que las rodean, las mesitas de los restaurants vecinos y la Catedral de San Pedro Claver de fondo, con el típico color de las piedras coralinas, las cuales, los jesuitas utilizaron para construirla en el siglo XVII.

Pedro Claver, el esclavo de los negros, como el mismo se llamaba, era un misionero jesuita español que desempeñó la labor de bautizar y adoctrinar a los esclavos negros que llegaban desde África. Cuenta la historia que Pedro, ni bien llegaban los buques negreros, llevaba regalos a los capitanes para acceder a las bodegas donde se encontraban los negros y asegurarse de que no los maltraten, atender a los enfermos y por supuesto pregonarles la fe cristiana. Si no podía acceder a los buques, realizaba la misma tarea en los almacenes donde se hacinaban a los esclavos.

Exhaustos de tanto caminar y agradecidos de la experiencia vivida, finalizaba nuestro día.

Cartagena es un museo al aire libre, una de las ciudades más importantes en la historia de la humanidad, donde uno puede encontrar miles de crónicas si profundiza en todo lo que ha ocurrido. Esto es un breve relato de algunas de esas historias que pudimos conocer y la energía que pudimos sentir en este maravilloso lugar.

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Más allá de todo esto, algo que queremos destacar es la herencia africana que llena de colores, magia y ritmos alegres a esta bella ciudad caribeña.

 

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